La economía del comportamiento nos revela que las personas rara vez utilizan la lógica pura en sus decisiones. Los sesgos, las emociones y el contexto moldean nuestras elecciones, cuestionando la idea tradicional de la racionalidad. Analizar estas influencias nos ayuda a comprender mejor cómo actuamos y cómo podemos optimizar nuestro bienestar financiero y social.
El mito de la racionalidad en la economía clásica
El problema central de la economía tradicional radica en su confianza en el llamado “homo economicus”: la figura de una persona siempre racional, informada y calculadora. Bajo este supuesto, los individuos toman decisiones optimizando su propio beneficio, ya sea al comprar, invertir o trabajar. Este modelo ha sido dominante durante décadas porque facilita la construcción de ecuaciones formales y predicciones ordenadas sobre mercados y comportamientos colectivos. La simplicidad de la racionalidad perfecta permite explicar, por ejemplo, cómo se forman los precios en el mercado o cómo las personas responden a los cambios en la oferta y la demanda.
Sin embargo, este paradigma presenta debilidades evidentes al contrastarse con la experiencia cotidiana. Considera el siguiente caso: una liquidación en una tienda de ropa provoca que consumidores compren artículos que normalmente no habrían adquirido, solo porque “no podían dejar pasar la oportunidad”. Según la economía clásica, el comprador habría comparado objetivamente su necesidad real con el precio, dejando de lado emociones o impulsos, pero la vida real demuestra lo contrario. Otro ejemplo cotidiano es postergar el pago de una deuda, a pesar de que sabemos racionalmente que los intereses aumentarán.
Estas limitaciones han motivado la introducción del concepto de *racionalidad limitada*, propuesto por Herbert Simon, que apunta a los enormes desafíos de información y cálculo que enfrentan las personas en la vida real. Nadie tiene tiempo ni recursos infinitos para analizar todas las alternativas, y la mayoría decide con atajos o tanteos. Este reconocimiento ha sido fundamental para la economía del comportamiento, una rama que explora cómo emociones, intuiciones y sesgos influyen en nuestras acciones económicas.
Si te interesa profundizar en cómo la racionalidad clásica influye en conceptos como la formación de precios, te recomiendo este material introductorio: cómo se determina el precio de un bien o servicio.
Infografía sugerida para DallE3: “Ilustración de dos caminos: una persona caminando serenamente, sopesando opciones de compra con una calculadora en la mano (homo economicus), y otra persona rodeada de carteles de oferta, indecisa y llevándose productos por impulso (racionalidad limitada)”.
Sesgos cognitivos y decisiones diarias
A pesar de que la economía clásica estableció la racionalidad como pilar fundamental, los modelos actuales buscan comprender mejor las verdaderas motivaciones de las personas. El supuesto de que actuamos siempre calculando ventajas y desventajas, maximizando nuestra utilidad como consumidores o nuestra ganancia como empresarios, se ha sostenido porque ofrece ecuaciones elegantes y predicciones claras. Esta idea, llamada “Homo economicus”, permitió construir teorías coherentes sobre mercados, oferta y demanda y equilibrio de precios.
Sin embargo, la vida real está lejos de ajustarse a tales esquemas. Pensemos en el ahorro: según el modelo clásico, todos apartaríamos parte de nuestros ingresos para el futuro de forma lógica y constante. Pero en la práctica, muchas personas gastan más de lo que ganan ante ofertas irresistibles o aplazan indefinidamente comenzar a ahorrar. Sucede lo mismo en las empresas, donde decisiones estratégicas pueden estar marcadas por la intuición más que por un análisis detallado de costos y beneficios. La economía tradicional también asume que la información es perfecta, pero los consumidores a menudo deciden con datos parciales, rumores o intuiciones.
Por estas razones surge el concepto de *racionalidad limitada*. Este enfoque reconoce que los individuos enfrentan restricciones de tiempo, información imperfecta y capacidades cognitivas limitadas, lo que hace imposible procesar todas las opciones y consecuencias disponibles. Así, las decisiones tienden a ser suficientemente buenas, más que estrictamente óptimas. Esta perspectiva ha revolucionado la investigación en economía del comportamiento, acercando los modelos económicos a los patrones y errores de la conducta cotidiana. Si quieres explorar cómo se toman estas decisiones en la vida diaria, puedes consultar esta guía sobre la toma de decisiones económicas individuales.
La siguiente etapa será analizar cómo emociones y entorno social intervienen en las elecciones económicas de cada persona.
El papel de las emociones y el entorno
Desde sus orígenes, la economía clásica y neoclásica estableció que las personas actúan como “agentes perfectamente racionales”. Esto significa que, para estos modelos, los individuos siempre buscan maximizar su bienestar y toman decisiones evaluando toda la información disponible, sopesan cuidadosamente costes y beneficios y eligen lo que más les conviene. Bajo esta visión, si el precio de un producto baja, se supone que todo consumidor actuará exactamente igual: comprando más, sin matices emocionales. Este “homo economicus” es una construcción útil para análisis matemáticos: simplifica la complejidad humana en ecuaciones y permite hacer predicciones claras sobre mercados e incluso, sobre fenómenos de oferta y demanda (principios básicos de oferta y demanda).
Durante mucho tiempo, esta idea se mantuvo como dominante porque permitía crear modelos elegantes y teorías comprensibles. Sin embargo, la realidad cotidiana es más impredecible. Por ejemplo, ante una promoción de dos por uno, algunos consumidores compran por impulso, aunque no lo necesiten; otros dudan, temen gastar más de la cuenta, o simplemente se dejan influir por opiniones ajenas. La economía tradicional no explica por qué tanta gente se queda con deudas aunque sepa de los intereses crecientes, ni por qué tomamos decisiones distintas ante pequeñas diferencias en la presentación de una oferta.
Estas limitaciones han abierto paso al concepto de *racionalidad limitada*. Introducido por Herbert Simon y profundizado por la economía del comportamiento, este concepto sostiene que las personas no siempre optimizan: procesan información incompleta, confían en atajos mentales, y se ven influidas por emociones y contexto. Reconocer nuestros límites en la toma de decisiones y entender el papel de la racionalidad limitada resulta hoy fundamental para analizar el verdadero comportamiento económico y diseñar mejores políticas para las personas reales.
Aprender a tomar mejores decisiones económicas
El pensamiento económico clásico y neoclásico ha sostenido durante mucho tiempo una creencia central: las personas actúan como agentes perfectamente racionales. En este marco, cada decisión económica se asume como el resultado de un cálculo lógico, donde los individuos maximizan su bienestar seleccionando siempre la alternativa con mayor utilidad. Además, este modelo considera que todos poseen información completa y tiempo suficiente para comparar opciones, un supuesto que ha permitido crear modelos matemáticos elegantes y predictivos.
El dominio de este paradigma se explica, en parte, por su capacidad de simplificar una realidad compleja y facilitar el análisis de los mercados. La obra de economistas como Adam Smith y la escuela neoclásica contribuyeron a cimentar esta visión, donde el mercado se regula a sí mismo mediante acciones racionales e independientes, como se expone en la explicación de los supuestos de racionalidad económica.
Sin embargo, la vida cotidiana desafía estos ideales. Por ejemplo, ante una promoción limitada en el supermercado, la mayoría reacciona por impulso, no tras un análisis exhaustivo. Un usuario de servicios de streaming puede mantener varias suscripciones que apenas utiliza, aún sabiendo que no le aportan suficiente satisfacción. Incluso decisiones aparentemente simples, como elegir qué alimento comprar, no responden solo a precios y gustos, sino a hábitos, publicidad y emociones. Los errores de cálculo, la falta de tiempo o la sobrecarga de información desmienten el ideal racional.
Frente a estas tensiones surgió el concepto de racionalidad limitada. Esta idea propone que las personas toman decisiones bajo restricciones cognitivas, emocionales y sociales. No son máquinas calculadoras, sino humanos con capacidades acotadas para procesar información. Esta visión, clave para la economía del comportamiento, permite comprender fenómenos como elecciones inconsistentes o respuestas desproporcionadas ante riesgos, enriqueciendo así nuestro entendimiento de la conducta económica real.
Conclusiones
Comprender la economía del comportamiento nos permite reconocer que las decisiones económicas están lejos de ser perfectamente racionales. Los sesgos y emociones desempeñan un papel crucial, pero podemos mejorar nuestras elecciones con conocimiento y práctica. Acceder a recursos claros y didácticos como los ofrecidos por Introducción a la Economía multiplica nuestras posibilidades de tomar decisiones más informadas.

