Cuando sube el precio de la bencina, casi todos seguimos cargando combustible más o menos igual que antes. Pero si sube el precio de una marca de yogur, muchos simplemente cambiamos a la marca de al lado. ¿Por qué reaccionamos tan distinto frente a una misma cosa (un aumento de precio)? La respuesta está en uno de los conceptos más útiles de toda la microeconomía: la elasticidad precio de la demanda. Entenderla te permite anticipar cómo se comportan los consumidores, por qué las empresas fijan los precios que fijan y hasta por qué el Estado pone impuestos a ciertos productos y no a otros.
¿Qué es la elasticidad precio de la demanda?
La elasticidad precio de la demanda mide cuánto cambia la cantidad demandada de un bien cuando cambia su precio. En palabras simples: responde a la pregunta «si subo el precio un 10%, ¿cuánto cae la cantidad que la gente compra?».
Sabemos por la ley de la demanda que, en general, cuando el precio sube la cantidad demandada baja. La elasticidad va un paso más allá: no solo nos dice que baja, sino cuánto baja, qué tan sensible es la respuesta de los consumidores. Esa intensidad de la reacción es justamente lo que distingue un producto de otro.
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Se calcula con una fórmula sencilla:
Elasticidad = (% de cambio en la cantidad demandada) ÷ (% de cambio en el precio)
Por ejemplo, si el precio de un producto sube 10% y la cantidad demandada cae 20%, la elasticidad es 20% ÷ 10% = 2. Como la respuesta de la cantidad (20%) fue mayor que el cambio del precio (10%), decimos que la demanda de ese bien es elástica. Por convención solemos tomar el valor absoluto, porque el signo siempre es negativo (precio y cantidad se mueven en direcciones opuestas).
Demanda elástica versus demanda inelástica
Toda la utilidad del concepto se resume en distinguir dos grandes casos.
Demanda elástica (elasticidad mayor que 1)
Aquí los consumidores son muy sensibles al precio: un pequeño aumento provoca una caída grande en la cantidad comprada. Son bienes de los que es fácil prescindir o que tienen muchos sustitutos. Pensemos en una marca específica de bebida gaseosa, en un viaje de turismo, en restoranes o en electrodomésticos no esenciales. Si suben de precio, mucha gente posterga la compra, busca una alternativa o simplemente decide que no vale la pena.
Demanda inelástica (elasticidad menor que 1)
Aquí los consumidores apenas reaccionan al precio: aunque suba bastante, la cantidad comprada cambia poco. Son bienes de primera necesidad, sin buenos sustitutos o adictivos. El ejemplo clásico en Chile es la bencina: aunque suba, la mayoría necesita igual llegar al trabajo o dejar a los niños en el colegio, así que sigue comprando una cantidad parecida. Lo mismo ocurre con los medicamentos de uso crónico, el pan, la electricidad o el agua potable. Por más que cueste más, no podemos dejar de consumirlos.
¿Qué hace que un bien sea elástico o inelástico?
La sensibilidad al precio no es aleatoria: depende de varios factores que conviene tener claros.
Disponibilidad de sustitutos. Es el factor más importante. Mientras más fácil sea reemplazar un producto por otro parecido, más elástica será su demanda. Una marca particular de fideos es muy elástica (si sube, cambio de marca), pero «los fideos» como categoría son mucho más inelásticos, porque no hay un reemplazo perfecto para toda la categoría.
Necesidad versus lujo. Los bienes de primera necesidad (alimentos básicos, transporte para ir a trabajar) tienden a ser inelásticos, porque no podemos dejar de consumirlos. Los lujos (un crucero, joyas, tecnología de última generación) son elásticos, porque podemos posponerlos sin drama.
Proporción del presupuesto. Si un bien representa una parte pequeña de tu gasto mensual, te dará lo mismo que suba (la sal, por ejemplo). Pero si representa una parte grande (el arriendo, un auto), cualquier alza te obliga a repensar la decisión, volviendo la demanda más elástica.
El horizonte de tiempo. La demanda casi siempre es más elástica en el largo plazo. Cuando subió fuerte la bencina, en el corto plazo seguimos manejando igual; pero con los años, algunos cambian a autos más eficientes, se mudan más cerca del trabajo o usan más el transporte público. Con tiempo para adaptarnos, reaccionamos más.
El concepto que cambia decisiones: elasticidad e ingreso total
Aquí viene la parte que de verdad importa para cualquiera que venda algo. La elasticidad determina qué le pasa a los ingresos de una empresa cuando cambia el precio. Esto suele ser contraintuitivo, así que vale la pena detenerse.
El ingreso total es simplemente precio multiplicado por cantidad vendida. Cuando subes el precio, ganas más por cada unidad, pero vendes menos unidades. ¿Qué efecto domina? Depende de la elasticidad.
Si la demanda es inelástica, subir el precio aumenta el ingreso total: como la cantidad cae poco, el efecto de cobrar más por unidad gana. Por eso a una empresa que vende un producto sin sustitutos (digamos, un medicamento esencial) le conviene subir el precio para ganar más.
Si la demanda es elástica, subir el precio reduce el ingreso total: la caída de cantidad es tan grande que más que compensa el mayor precio por unidad. Para un producto con mucha competencia, subir el precio puede ser un suicidio comercial; a veces conviene incluso bajarlo, porque el aumento de cantidad vendida compensa con creces el menor margen por unidad. Esta es la lógica detrás de muchas ofertas y promociones que vemos en el retail chileno: bajar el precio de un bien elástico puede aumentar los ingresos totales.
Casos especiales: elasticidad unitaria y los extremos
Entre lo elástico y lo inelástico hay un punto intermedio interesante. Cuando la elasticidad es exactamente 1, hablamos de demanda de elasticidad unitaria: el cambio porcentual en la cantidad es idéntico al cambio porcentual en el precio. En ese caso particular, subir o bajar el precio no altera el ingreso total de la empresa, porque el efecto del precio y el de la cantidad se cancelan exactamente.
También existen dos extremos teóricos que ayudan a fijar el concepto. La demanda perfectamente inelástica (elasticidad igual a cero) describe un bien cuya cantidad demandada no cambia en absoluto, pase lo que pase con el precio. El ejemplo que se suele dar es el de un medicamento vital sin alternativas: el paciente lo comprará a cualquier precio porque su vida depende de él. En el otro extremo, la demanda perfectamente elástica describe una situación donde el más mínimo cambio de precio elimina por completo las ventas; se asocia a mercados de competencia muy intensa con productos idénticos, donde nadie compraría a quien cobre un peso más que el resto.
En la práctica, casi ningún bien real cae en estos extremos puros, pero sirven como referencias para ubicar a cada producto dentro de un espectro. La gran mayoría de los bienes que compramos a diario se sitúan en algún punto entre lo bastante inelástico (los alimentos básicos) y lo bastante elástico (los lujos prescindibles).
Por qué el Estado usa la elasticidad
La elasticidad también explica buena parte de la política tributaria. Cuando un gobierno quiere recaudar de forma estable, pone impuestos a bienes inelásticos, porque la gente los seguirá comprando aunque suba el precio. Los clásicos «impuestos al pecado» sobre el tabaco, el alcohol y los combustibles funcionan así: como su demanda es bastante inelástica, el Estado recauda mucho sin que el consumo caiga demasiado.
De hecho, hay una doble intención. En el caso del cigarrillo, el Estado busca a la vez recaudar y desincentivar el consumo por razones de salud. Pero precisamente porque la demanda es inelástica (el tabaco genera dependencia), el alza de impuestos reduce el consumo solo de forma modesta y, sobre todo, llena las arcas fiscales. Entender la elasticidad permite anticipar que un impuesto a un bien inelástico recae principalmente sobre el bolsillo del consumidor, no sobre las ventas de la empresa.
Un ejemplo chileno integrado
Imaginemos dos productos en un supermercado chileno. El primero es la sal de mesa: cuesta poco, es esencial para cocinar, no tiene sustituto real y representa una fracción mínima del presupuesto. Si su precio sube 20%, prácticamente nadie deja de comprarla. Demanda inelástica.
El segundo es una marca premium de helado importado. Es un lujo, hay decenas de alternativas más baratas, y no es para nada esencial. Si su precio sube 20%, muchos consumidores cambian a otra marca o simplemente no compran helado esa semana. Demanda elástica. La empresa de helados premium sabe que no puede subir precios sin perder ventas; la de sal, en cambio, tiene mucho más margen para hacerlo.
En resumen
La elasticidad precio de la demanda mide qué tan sensibles son los consumidores frente a un cambio de precio. Si reaccionan mucho, la demanda es elástica; si reaccionan poco, es inelástica. Esa sensibilidad depende sobre todo de cuántos sustitutos existan, de si el bien es necesidad o lujo, de cuánto pese en el presupuesto y del tiempo disponible para adaptarse. Y tiene consecuencias muy concretas: define si a una empresa le conviene subir o bajar precios, y explica por qué el Estado grava ciertos productos. Es, en el fondo, una herramienta para predecir el comportamiento humano frente al dinero.
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