La desigualdad en México es un fenómeno persistente que afecta a millones. Su origen es multifacético y sus impactos profundos, condicionando el bienestar y las oportunidades de la población. Explorar cómo y por qué surge, así como sus consecuencias y posibles soluciones, resulta fundamental para avanzar hacia una sociedad más equitativa.
Las raíces históricas y estructurales de la desigualdad
La desigualdad en México no puede comprenderse sin considerar el peso de la historia y la manera en que ciertas estructuras sociales, económicas y legales se han perpetuado con el tiempo. La concentración de la tierra durante el periodo colonial, a través de instituciones como el latifundio y el sistema de encomiendas, estableció las bases para una distribución inicial desigual de los recursos. Grandes extensiones quedaron en manos de unos pocos, limitando la autonomía económica de la mayoría y estableciendo relaciones de poder desiguales que sobrevivieron incluso a las reformas agrarias del siglo XX.
Las castas sociales impuestas durante la colonia también fragmentaron a la sociedad. El acceso a privilegios y derechos dependía del origen étnico y social, una herencia que, aunque modificada, sigue resonando en la segregación y exclusión de comunidades indígenas y rurales. Las instituciones republicanas posteriores no lograron desmantelar por completo estas barreras: la movilidad social siguió siendo escasa, y el margen legal tendió a favorecer a los sectores ya privilegiados.
El Estado mexicano ha oscilado entre modelos de intervención y liberalismo económico, pero los cambios estructurales han sido parciales. Muchos marcos legales, lejos de democratizar oportunidades, consolidaron privilegios en sectores urbanos e industriales, marginando a millones fuera del sistema formal. A esto se suma una educación históricamente desigual: mientras ciertos grupos acceden a instituciones de calidad, otros apenas completan la primaria, perpetuando un círculo de pobreza y oportunidades restringidas.
La falta de acceso a educación y salud, así como la exclusión sistemática de mujeres, indígenas y habitantes rurales, han reforzado la brecha social y económica. Estas raíces históricas y estructurales siguen influyendo en la capacidad de millones para mejorar su condición de vida y disfrutar de una ciudadanía plena. Para conocer más sobre la influencia de la distribución de los recursos y la historia económica, puedes consultar cómo se mide la desigualdad económica.
Impactos sociales y económicos de la desigualdad
Las raíces profundas de la desigualdad en México no solo se encuentran en los orígenes coloniales, sino también en la forma en que el poder político y económico se distribuyó y consolidó por siglos. Desde la instauración del sistema de encomiendas, la propiedad de la tierra se concentró en pocos actores, marginando a grandes sectores de la población indígena y mestiza. La serie de reformas agrarias y la expropiación de haciendas durante el siglo XX modificaron parcialmente el escenario, pero no lograron revertir completamente esa estructura desigual, ya que los procesos de redistribución se vieron limitados por intereses políticos y económicos permanentes.
La desigualdad quedó anclada en marcos legales restrictivos. La organización de los bienes comunales y ejidales surgió como intento de equidad, pero su rigidez para permitir movilidad social y acumulación de riqueza agravó la exclusión. Las leyes de herencia, muchas veces orientadas a mantener las grandes propiedades intactas, impidieron la formación de una clase media agraria dinámica.
En el plano social, el sistema de castas —precedente de la segmentación actual— determinó oportunidades de movilidad, acceso al poder y a la educación por generaciones. La educación de calidad estuvo históricamente reservada para élites urbanas; las zonas rurales y comunidades indígenas fueron relegadas a oportunidades mínimas, lo que deterioró su capital humano y perpetuó la brecha social. Esa exclusión persistente impidió que sectores amplios lograran incorporarse de manera significativa a la economía formal.
La combinación entre estructuras agrarias rígidas, sistemas legales excluyentes y segregación educativa ha sido clave para conformar las bases de la desigualdad vigente. Estos factores, más allá de su origen histórico, tienen hoy secuelas palpables en la distribución de oportunidades y el acceso desigual al desarrollo. Para comprender mejor el impacto de la educación en la movilidad social en México, se puede consultar un análisis detallado en la relación entre educación y capital humano en México.
Causas contemporáneas: política, economía y educación
El entramado desigual de México se remonta a la época colonial. Durante la Colonia, la repartición de la tierra se consolidó a través del sistema de encomiendas y haciendas, donde grandes extensiones quedaban en manos de unas cuantas familias. Este modelo se mantuvo por siglos y resultó en una marcada concentración de la propiedad y, con ello, del poder económico y social. La estructura social jerarquizada heredada de la Colonia también perpetuó la exclusión de los pueblos originarios y comunidades campesinas, limitando su acceso a recursos básicos y frenando su participación en la vida política y económica.
Tras la Independencia, los marcos legales y las instituciones conservaron patrones de desigualdad. Reformas agrarias, como la impulsada después de la Revolución Mexicana, buscaron redistribuir la tierra, pero sus efectos fueron parciales. La tenencia de la tierra y la protección de ciertos intereses consolidaron las trabas a la movilidad social. El resultado fue un arraigo de la pobreza estructural, sobre todo en medio rural e indígena.
La educación, acceso fundamental para mejorar oportunidades, también ha sido históricamente desigual. A lo largo del siglo XX, aunque se amplió la cobertura educativa, la calidad siguió variando drásticamente entre regiones urbanas y rurales. La falta de infraestructura, docentes capacitados y recursos adecuados acentuó la exclusión de miles de niños y jóvenes, perpetuando la transmisión intergeneracional de la pobreza.
En contextos donde las leyes no corrigieron viejas injusticias, sino que muchas veces las reforzaron, el ciclo de desigualdad se mantuvo. El vínculo entre factores históricos, estructuras legales y falta de acceso a educación de calidad explica por qué la brecha social permanece. Para ampliar sobre los factores estructurales puede consultarse el análisis del proceso de medición y análisis de la desigualdad económica.
Soluciones prácticas y acceso al conocimiento económico
Al mirar hacia la historia de México, surgen patrones de desigualdad profundamente arraigados. Desde la época colonial, la estructura económica se diseñó para beneficiar a un reducido grupo de élites. Uno de los principales pilares de este sistema fue la concentración de la tierra en pocas manos, una herencia directa de las encomiendas y haciendas. Las leyes instauradas durante la colonia protegieron la tenencia extensiva, dejando a la mayoría de la población indígena y mestiza sin acceso efectivo a los recursos productivos. Esta situación influyó durante siglos en la capacidad para romper con el círculo de pobreza y exclusión.
Las instituciones creadas durante ese periodo no solo determinaron la asignación de la riqueza, sino que también consolidaron barreras sociales y raciales. Con el paso del tiempo, estas estructuras fueron adaptándose y, aunque México logró la independencia, las reformas agrarias y legales del siglo XIX y XX rara vez consiguieron una redistribución equitativa. Por ejemplo, el latifundio sobrevivió, limitando el desarrollo rural y perpetuando grandes disparidades regionales.
El acceso desigual a la educación de calidad y la marginación de ciertos sectores, especialmente los rurales e indígenas, profundizaron la brecha social. No se trató sólo de falta de escuelas, sino de currículos, idiomas y entornos hostiles para quienes no pertenecían al grupo dominante. Esta exclusión se reflejó en la movilidad social y en la conformación del mercado laboral.
Los marcos legales y estructuras económicas, como los sistemas de bienestar y de impuestos, a menudo beneficiaron más a quienes ya estaban integrados en el mercado formal, mientras que buena parte de la población permaneció en la informalidad. La discriminación sistemática contribuyó a que muchos permanezcan al margen del entramado económico, restringiendo oportunidades para ascender en la escala social. Para profundizar en estos orígenes y en la relación entre gobierno y economía en México, es útil revisar este análisis sobre la relación histórica entre el Estado y la estructura económica.
Infografía sugerida: “Evolución de la concentración de la tierra y acceso a la educación en México desde el periodo colonial hasta el siglo XXI”.
Conclusiones
Abordar la desigualdad en México requiere voluntad, educación y acciones concretas. Al comprender sus causas y efectos, se facilita el desarrollo de soluciones eficientes. Adquirir conocimientos de economía aplicados ayuda a impulsar el cambio y promover una sociedad más justa, donde el bienestar sea una realidad accesible para mayor número de personas.

