Teorema de Coase: ¿arregla el mercado la contaminación?

Imagina que vives en un departamento en Ñuñoa y tu vecino del piso de arriba instala una parrilla a gas en su balcón. Todos los fines de semana, el humo entra por tu ventana. ¿Quién debería ceder: tú cerrando la ventana o él apagando la parrilla? Y, sobre todo, ¿hace falta que la municipalidad dicte una ordenanza para resolverlo, o podrían ustedes dos arreglarlo conversando?

Esa pregunta aparentemente doméstica es, en el fondo, uno de los debates más influyentes de la economía del siglo XX. En 1960, el economista británico Ronald Coase publicó «The Problem of Social Cost» y propuso una idea que incomodó a casi todos: bajo ciertas condiciones, los afectados por una externalidad pueden resolverla negociando entre ellos, sin que el Estado tenga que intervenir. Por ese y otros trabajos recibió el Premio Nobel de Economía en 1991.

La tesis de este artículo es sencilla pero contraintuitiva: el teorema de Coase es famoso por sugerir que «el mercado se arregla solo», pero su lección más útil en la práctica es exactamente la contraria. Nos enseña a identificar por qué muchas veces el mercado no se arregla solo, y cuándo la intervención sí se justifica.

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El punto de partida: la receta de Pigou

Antes de Coase, la respuesta estándar venía del economista Arthur Pigou. Si una fábrica contamina un río, dañando a los pescadores aguas abajo, el precio de mercado de lo que produce la fábrica no «ve» ese daño. Hay un costo social que nadie paga. La solución pigouviana es que el Estado meta ese costo en el precio: un impuesto a la contaminación, una multa o una prohibición. Es la lógica detrás de los impuestos verdes y de buena parte de la regulación ambiental.

Durante décadas, economistas de casi todas las tendencias aceptaron esa idea. El mercado, por sí solo, produciría demasiada contaminación; el Estado tenía que corregirlo. Si quieres repasar por qué estas situaciones son casos clásicos de fallas de mercado, ese artículo lo desarrolla en detalle.

La idea de Coase: si negociar fuera gratis

Coase aceptó el diagnóstico —hay un daño no pagado— pero cuestionó el remedio. Su ejemplo más citado no es una fábrica, sino un ganadero cuyas vacas se escapan y pisotean el trigo del agricultor vecino. ¿Qué pasa si nadie interviene y los dos simplemente pueden negociar?

Supongamos que una vaca extra le rinde al ganadero 2 dólares, pero destroza 3 dólares de trigo. Al agricultor le conviene pagarle al ganadero cualquier monto entre 2 y 3 dólares para que no críe esa vaca: ambos ganan. La vaca dañina no se cría. El resultado es eficiente y ningún burócrata tuvo que calcular nada.

Lo verdaderamente sorprendente viene después. Coase mostró que ese resultado eficiente ocurre sin importar a quién le dé la razón la ley. Si el tribunal dice que el ganadero es responsable del daño, él mismo dejará de criar la vaca que cuesta más de lo que rinde. Si dice que no es responsable, será el agricultor quien le pague para lograr lo mismo. Cambia quién paga —es decir, cómo se reparte la riqueza—, pero no cambia el resultado final: la cantidad de vacas y de daño es la misma en ambos casos. Esa es la versión fuerte del teorema de Coase.

La conclusión parecía demoledora: si los afectados pueden negociar libremente, el papel del Estado se reduce a lo esencial, que es definir con claridad los derechos de propiedad (quién tiene derecho a qué) y después hacerse a un lado. No hace falta calcular impuestos ni fijar límites de emisión.

El gran «pero»: los costos de transacción

Aquí está la trampa que muchos olvidan al citar a Coase como bandera del laissez-faire. Todo su resultado descansa en una condición: que negociar sea gratis. En la jerga económica, que los costos de transacción sean cero.

¿Qué son esos costos? Todo lo que cuesta llegar a un acuerdo y hacerlo cumplir: identificar a todas las partes, reunirlas, negociar, redactar el contrato, fiscalizar que se respete y litigar si alguien lo incumple. Y aquí viene lo incómodo: en los conflictos ambientales reales esos costos casi nunca son bajos. Suelen ser enormes.

Piensa en una termoeléctrica que afecta a 50.000 personas. Para que la «negociación coaseana» funcione, esas 50.000 personas tendrían que organizarse, acordar una postura común, repartirse el pago y evitar que algunos se cuelguen del esfuerzo de los demás sin aportar. Es, en la práctica, imposible. Por eso el propio Coase advirtió que, como los costos de transacción nunca son cero y a veces son altísimos, los tribunales y la regulación siguen siendo necesarios. Su teorema no era una receta para eliminar al Estado, sino una lente para ver cuándo la negociación privada basta y cuándo no.

La tabla siguiente resume cómo cambia el pronóstico según las condiciones del conflicto:

Situación Partes involucradas Costo de negociar ¿Se arregla solo (Coase)?
Dos vecinos y una parrilla con humo 2 Bajo Sí: conversan y acuerdan horarios
Un predio agrícola y una lechería colindante Pocas, identificables Medio Probable, con contrato de por medio
Termoeléctrica en una «zona de sacrificio» Miles, dispersas Muy alto No: se necesita regulación
Emisiones de CO₂ y cambio climático Toda la humanidad Prohibitivo No: requiere política pública y acuerdos entre países

Fíjate en el patrón: Coase «funciona» justo cuando el problema es pequeño y las partes son pocas. Cuando el daño es masivo y difuso —que es cuando más nos preocupa—, los costos de transacción explotan y la negociación privada se vuelve inviable. El resultado es una pérdida de bienestar para la sociedad, lo que en economía se conoce como pérdida de eficiencia o peso muerto.

Coase mirado desde Chile

El teorema ilumina varios debates chilenos. El caso más claro es el mercado de derechos de agua. El Código de Aguas chileno asignó derechos de aprovechamiento que se pueden comprar y vender, una idea muy coaseana: define el derecho de propiedad y deja que las partes negocien el uso del recurso. Donde hay pocos actores y buena información —por ejemplo, entre agricultores de un mismo valle— ese mercado a veces reasigna el agua de forma razonable. Pero cuando entran en juego comunidades enteras, ecosistemas y generaciones futuras que no pueden «sentarse a la mesa», los costos de transacción y la falta de partes identificables hacen que el solo mercado deje fuera muchos daños.

Las llamadas «zonas de sacrificio», como Quintero-Puchuncaví, son el ejemplo opuesto: miles de vecinos afectados por emisiones industriales de múltiples empresas. Ninguna negociación espontánea entre habitantes y fundiciones iba a resolver eso; hizo falta regulación, normas de emisión y la intervención del Estado. Coase no contradice esa salida: la explica. Cuando negociar es prohibitivamente caro, la vía privada no alcanza.

Entonces, ¿Pigou o Coase?

La tentación es tomar partido: o se cree en el impuesto estatal de Pigou, o en la negociación privada de Coase. Pero esa es una lectura empobrecida. La verdadera contribución de Coase fue darnos un criterio para elegir. La pregunta ya no es «¿interviene el Estado, sí o no?», sino «¿cuánto cuesta que los afectados resuelvan esto por su cuenta?».

Cuando ese costo es bajo —un conflicto entre pocos, con derechos claros— lo mejor que puede hacer la autoridad es definir bien los derechos de propiedad y dejar negociar. Cuando ese costo es alto —daños masivos, partes innumerables, información incompleta— la regulación, los impuestos verdes o la prohibición vuelven a ser la herramienta correcta. Paradójicamente, el economista más asociado a la desconfianza del Estado nos dejó una de las mejores explicaciones de por qué, en muchos casos, el Estado sigue siendo imprescindible.

Preguntas frecuentes

¿El teorema de Coase dice que no hay que regular la contaminación?

No. Dice que si negociar fuera barato y los derechos estuvieran claros, las partes podrían resolverlo solas. Como en los grandes problemas ambientales negociar es carísimo, el propio Coase reconocía que la regulación sigue siendo necesaria.

¿Qué son exactamente los costos de transacción?

Son todo lo que cuesta cerrar y hacer cumplir un acuerdo: encontrar a las partes, negociar, redactar contratos, fiscalizar y litigar. Cuando son altos, la negociación privada deja de funcionar y aparecen las fallas de mercado.

Fuentes consultadas (2 de octubre de 2026): Premio Nobel de Economía 1991 a Ronald H. Coase (NobelPrize.org) y biografía de Ronald H. Coase en The Concise Encyclopedia of Economics (Econlib).

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